12 de enero de 2015

¿Los mejores en qué?

Cada inicio de un proceso electoral, cuyo primer capítulo suele ser la selección de candidatos, es abierto indefectiblemente con el discurso “los mejores” y la manida referencia a Ortega y Gasset, como si introduciendo en el discurso la referencia a nuestra gloriosa generación del catorce, bastase para investir de infalibilidad lo que se pregona. Hacerlo así lleva a caer, con Ortega, en tres grandes vicios: confundir los problemas, compararlos con referencias irreales y agregarlos en términos inmanejables.

Apelando al discurso de “los mejores” se invierte la lógica; porque además de no realizarse un proceso de selección con criterios objetivos y democráticos (esos “mejores” son elegidos por unos pocos elegidos por otros menos) a continuación, se les califica de «mejores». Es decir, los elegidos no lo son por ser los mejores, sino que son los mejores por ser los elegidos.

Pero además nunca se explica en qué son los mejores, o simplemente se establecen referencias irreales o asociadas a un gran currículo académico. Las cualidades necesarias para que el político logre sus objetivos puede que ni aparezcan en su currículo, pero son, en cambio, las que definirán su éxito político: el afán reformador, la lealtad a sus principios y valores, su carácter para afrontar críticas y su capacidad para explicar sus decisiones. Y estas cualidades solo pueden evidenciarse mediante procesos de elección democrática, no compareciendo ante un sanedrín.

La política es fundamentalmente una cuestión de confrontación, no exclusivamente de gestión. Investir a un candidato como “el mejor” nada más ser designado, da a entender que se les sitúa por encima de la contienda política bajo una visión fundamentalmente tecnocrática. Pero no hay que olvidar que los debates políticos no los gana quien tiene razón, sino aquel que logra que se la den dando la batalla de las ideas, justificando sus actos y criticando al contrario. En esta senda, a los mejores no los encontraremos en oscuros despachos, ni en modernos casting más propios de los ‘talent show’; sino estableciendo procesos democráticos de elección de candidatos, donde se confronten los diferentes perfiles y donde sea la elección democrática de todos (y no de unos pocos) quien incentive que los candidatos tengan que demostrar su capacidad para emprender y llevar a buen término reformas.

Poca, o ninguna, ambición colectiva puede alcanzarse cuando la elección de los candidatos a los procesos electorales se basa en que los afiliados a un partido tengan el sagrado privilegio de ovacionar y votar a los candidatos que otros han elegido. Por ello la formula para conjugar la elección de los candidatos con mejores virtudes -que no son sus conocimientos ni su curriculum, sino su capacidad para tomar decisiones difíciles y prevalecer para cumplir los objetivos políticos- y generar una ambición colectiva, es que los afiliados de base de los partidos tengan el protagonismo, que las cualidades que lleven a un candidato a ser elegido –en unas primarias- sean las que decidan los afiliados que fuesen, con dos fundamentales ventajas: si algún candidato tuviese algo que esconder, esto se sabría durante la celebración de las primarias (y no durante la elección o, aún peor, una vez elegido); y permitiría que demostrasen sus cualidades personales,  demostrando –desarrollando su capacidad de comunicación- que es capaz de ganar unas elecciones y realizando el rodaje necesario para la batalla electoral posterior.

La arrogancia es un fatal defecto humano, que desgraciadamente en política se evidencia con mayor fuerza. Un político debería de ser calificado como “el mejor” cuando finaliza el ejercicio de su cargo público, y no antes. Cuando un político se sabe necesitado de demostrar cada día que no lo tiene todo hecho, que debe explicaciones constantes ante quien le elige, y que este le premiará o sancionara con su voto, es cuando la calidad de la representación política eleva su calidad.

El nuevo tiempo en la política exige unos partidos políticos más abiertos en los que cualquier ciudadano pueda integrarse libremente y participar activamente, tanto en su funcionamiento interno cuanto en la elección de sus cargos internos y candidaturas a cargos electos; mediante procedimientos claros, transparentes y libres de obstáculos y de cualquier vestigio de arbitrariedad y resistencia, que imposibiliten constituir alternativa de personas e ideas distintas a las de quienes ocupan su dirección. Interpretar todo esto ejecutando un proceso de selección similar a un casting televisivo, es evidenciar no haber entendido nada de lo que ha pasado y que los partidos están para representar a los demás, no a ellos mismos.