19 de noviembre de 2013

Persistiendo en el error, camino del abismo

Una de las últimas teorías de moda es que a los ciudadanos no les interesa la vida interna de los partidos políticos. Se trata de una afirmación sorprendente en un país donde supuestamente los partidos, conforme recoge el artículo 6 de nuestra Constitución, son  el "instrumento fundamental para la participación política". 


¿Falta de interés o resultado de la ´no política´?. ¿Qué interés puede haber en unas organizaciones sin vida interna o estando esta reducida al momento en que se ocupa un cargo de responsabilidad?. ¿Qué interés puede despertar organizaciones donde los afiliados no son escuchados ni sus derechos respetados?. ¿Qué no respetan ni sus propios estatutos para elegir democráticamente a sus órganos internos, bajo falsas premisas de pacificación y unidad como condición previa coadyuvante de una elección democrática?. 

En su reciente libro 'España, las otras transiciones', Antonio Garrigues Walker al hablar del funcionamiento de los partidos políticos sentencia: sus "mecanismos de actuación prácticos, sus reuniones y cenáculos, constituyen uno de los espectáculos más deplorables de la vida política española [...] En cualquier país una parodia de esta calidad causaría rubor y tristeza, además de comicidad". 

Por su parte Josep Piqué, en su último libro 'Cambio de Era', al reflexionar sobre la necesaria adaptación de nuestros partidos políticos, anclados en un pasado que ya no existe, apunta certeramente dos problemas fundamentales: tenemos un sistema parlamentario en la practica 'viciado' "por el poder de los partidos sobre el poder legislativo y sobre el poder judicial, a través de la supremacía del poder ejecutivo, dominado por un sistema de partidos muy jerarquizados". Un sistema, que a través de su ley electoral refuerza "enormemente el poder de los 'aparatos' de los partidos [...] que rompe el vínculo entre representante y representado y lo sustituye por algo perverso: los representantes se deben a quienes los eligen, que no son los electores, sino las cúpulas de los respectivos partidos". 


¿Falta de interés ciudadano o consecuencias del 'crowding out' que este sistema hace al ciudadano con una vida real, con responsabilidades reales y problemas reales que no puede perder el tiempo en servilismos y clientelismos? ¿Que interés puede suscitar un sistema que, de facto, expulsa de su ámbito las vocaciones genuinas de servicio público?

Se tratará de sostener que, lo hasta aquí relatado, es fruto de mensajes que pretenden arrasar con todo, que intentan hacer creer que los partidos políticos son nidos de intereses particulares o estructuras podridas de poder. Y no sólo eso: se dirá que hay que levantar la voz y alertar sobre el peligro que puede suponer que ese mensaje se instaure en la sociedad. Creo que nadie en España tiene a Garrigues y Piqué por alborotadores partidarios de la política de tierra quemada. Amarrarse al negacionismo de lo que los ciudadanos 'desinteresados' perciben, sufren y les genera desafección, sólo logrará alargar innecesariamente los grandes perjuicios que esta crisis política (unida idefectiblemente a la crisis económica e ideológica que padecemos) está provocando a nuestra democracia.

"Es muy difícil llevar la contraria en España [...] llevar la contraria sin mirar a un lado y a otro antes de abrir la boca [...] llevar la contraria a solas, a cuerpo limpio, diciendo educadamente lo que uno piensa que debe decir, [...] lo que le parece indigno callar, sabiendo que se arriesga [...] al rechazo ofendido de los que le consideran uno de los suyos". Así comienza uno de los capítulos del libro 'Todo lo que era sólido' del reciente Premio Príncipe de Asturias de las Letras, Antonio Muñoz Molina. Esta dificultad es palmaria cuando, desde dentro de un partido político, militantes con nobles intenciones que entienden la política como vocación y no como un oficio, pretende llevar la contraria y proponer reformas, debatir y confrontar ideas. Como dijo el presidente estadounidense Woodrow Wilson "si quieres hacerte enemigos intenta cambiar algo". Demasiados intereses creados, mucha gente peleando por que los cambios no le perjudiquen, mucha comodidad a vivir de la inercia, mucha tendencia a pensar que una carrera política larga depende de saber evitar meterse en líos. 


¿Falta de interés ciudadano o ausencia de utilidad de la militancia política, como expresión de individualidad de criterio y singularidad, que permite crecer y avanzar no sólo a las personas, sino a los partidos y al sistema democrático? Los llamamientos a la participación, a la implicación e incorporación de más gente a los partidos políticos ya no son atendidos por los ciudadanos, que no ven en ello un cauce libre de participación y que, lejos de tener que someterse a unas mínimas normas de funcionamiento, se encuentran con muros infranqueables de la vieja política, de la 'no política', que está absolutamente desconectada de la realidad en la que pretende subsistir. Nunca antes en la historia de la democracia española la desafección con la política ha sido mayor, y nunca, sin embargo, ha sido más necesario que nos impliquemos en la vilipendiada política. 

En días pasados se cumplía un año de la celebración del Congreso Regional de Partido Popular de Asturias. En aquel momento hice una propuesta  que llame "Asturias, sociedad y valores". Proponía entonces un proyecto de rehabilitación ciudadana, de regeneración y renovación e equipos y sistemas de trabajo, de apertura a la sociedad asturiana, de mirada al futuro y ser creíbles desde la posición en la que nos había colocado las urnas. Los dos hitos fundamentales se basaban en establecer un sistema de primarias y la limitación de mandatos a ocho años. 

Lejos de asumir nada de ello, el Partido Popular ha seguido sumido en la obsesión del desquite y la revancha contra Francisco Álvarez-Cascos, tras su espantada de enero de 2011, culpabilizándole de todos los males que sufrimos, haciendo ver que su desaparición es la medicina que necesita nuestro partido para resurgir en Asturias. Resulta curioso que quien rompió la neutralidad política inherente al cargo que ostentaba, para apoyar a quien reclamaba primarias para elegir al candidato del Partido Popular a la Presidencia del Principado de Asturias, sostenga que una reforma electoral, que contiene las primarias obligatorias, le importa un bledo (sic) a los ciudadanos, al mismo tiempo que nos impide a los afiliados de Gijón ejercer nuestro derecho democrático a elegir a los órganos locales del partido, amparando tal decisión en el "debilitamiento del partido en la ciudad". En definitiva, los problemas que se denunciaban cuando se apoyaba a Álvarez-Cascos, no son ahora combatidos desde la Presidencia del Partido.

La respuesta a este errático proceder queda reflejado en la encuesta que este lunes ha publicado el diario La Razón, que vaticina el peor resultado histórico del Partido Popular en Asturias, empeorando el que hasta ahora ostentaba ese dudoso honor, el de 2012. La estrategia de desgastar a Cascos, de recuperar a aquellos que se fueron con él, ha sido un rotundo fracaso, más allá de los testimoniales retornos de los mas íntimos y allegados. Y ello porque las circunstancias por las que esas personas (militantes y votantes) abandonaron el Partido Popular siguen estando presentes. Y ahí están las encuestas que lo avalan. Quienes no quieren ver la realidad (y pretenden seguir viviendo a su costa, por mala que esta sea), achacaran esta pérdida de intención de voto al desgaste del Gobierno de España. Basta recordar los resultados de las Elecciones Generales 2011 y compararlos con los resultados de las Autonómicas 2012. En apenas seis meses, con Rajoy comenzando a gobernar, se quedaron por el camino 114.703 votos (el 51% de los votos emitidos apenas seis meses antes). ¿Influencia del desgaste del Gobierno? Evidentemente no. Los votantes se mueven en las claves que tocan en cada momento y en cada ámbito, y quienes extrapolan datos de una elección a otra, sólo pretenden inducir al engaño para no asumir responsabilidades del continuo debilitamiento del partido a nivel regional.


Y con todo esto, aún se pretende sostener que la vida interna de los partidos políticos no interesa a los ciudadanos. Ya lo creo que interesa, tanto que los desórdenes internos ( fruto del ensimismamiento en el ejercicio de los cargos orgánicos y en las cuitas internas) y la ausencia de proyecto que ello denota, son castigados electoralmente. De nada sirve declararse inserto en un proyecto nacional y sólido, si luego se hace gala de la incapacidad de transponer ese proyecto a nivel regional y local. Y eso, también es castigado electoralmente. Porque la credibilidad necesita el refuerzo de hechos precedentes que la avalen y de ejemplos constantes que la confirmen. Porque, como ha escrito Percival Manglano en su libro 'Pisando charcos', "un político debe sentir constantemente que lo tiene todo por demostrar, que no hay ninguna renta de la que pueda vivir". 

Los ciudadanos están exigiendo una nueva política, con mentes abiertas y mandos abiertos, con nuevos enfoques y miradas horizontales, porque están cansados del argumentario de pega (que despega al gobernante del ciudadano) y de las hipotecas retóricas con las que se visten los mensajes para que resulten creíbles. Los ciudadanos exigen movimiento, para pensar, para cambiar, para explorar la perspectiva de la mejora basada en la cercanía, la transparencia, el afecto y la confianza; liderazgos de largo alcance, políticas de acción y comunicación que reflejen que sus problemas son atendidos. Y en tanto que esto no se les de, seguirán castigando electoralmente a quien les niegue ese camino, y tomaran el camino de quienes si se lo ofrezcan.