12 de junio de 2012

Asturias 1934

Nadie como José Angel Fernández Villa ha hecho tanto por el movimiento sindical minero de Asturias. Nadie como él estuvo al pie del cañón encabezando un movimiento sindical que, como él dice, fue "la punta de lanza de la conquista de las libertades democráticas de este país". 

Nadie como él, sin embargo, ha sido capaz de dilapidar tan importante capital bloqueando con su eterna presencia la renovación y regeneración que cualquier movimiento sindical precisa para mantenerse vivo y conectado con la realidad en la que aspira a participar para defender sus ideas. Con su populismo sindical aderezado con victimismo y una buena dosis de mesianismo, Fernández Villa ha mantenido al movimiento sindical minero en un viaje continuo a la revolución obrera de octubre de 1934, para combatir a las fuerzas represivas del Estado a través de una eterna huelga revolucionaria. 

En ese continuo déjà vu Asturias es noticia estos días por las protestas de los sindicatos mineros por los ajustes en los Presupuestos generales del Estado de las ayudas a la producción del carbón. Cortes de carretera y vías férreas, barricadas que son inauguradas por el líder carismático y ataques a las sedes del Partido Popular son hoy la "normalidad" del día a día en nuestra región.

El pasado viernes se sorprendía y quejaba amargamente Fernández Villa de que la sociedad estuviese dando la espalda al movimiento sindical minero y de que muchos de los trabajadores que, habiendo mantenido una actividad laboral durante muchos años, viviesen al margen del problema demostrando indiferencia. Donde José Angel ve indiferencia y falta de respaldo hay en realidad hartazgo. 

Hartazgo de la violencia. Hartazgo del rencor por viejas guerras. Hartazgo de unos líderes sindicales que llaman a las movilizaciones en función de color del Gobierno. Unos líderes sindicales que entre 2008 y 2011 guardaron silencio mientras los gobiernos socialistas recortaban y recortaban recursos para la producción minera e iban a aplaudir a Rodiezmo las mentiras del Presidente Zapatero. Unos líderes sindicales que no abrieron la boca mientras Zapatero negaba la crisis, la minimizaba posteriormente y finalmente no actuaba para atajarla. 

Hartos, en definitiva, de que la esencia de la gente de la mina, forjados en la cultura del esfuerzo que modela al trabajador, en el apoyo de todos que ayuda a sobrevivir y en la convivencia de todos que necesitan de todos cuando hay cualquier problema; que todo ello sea puesto al servicio de los intereses de unos sindicatos que no han sabido, o no han querido, superar la barrera de 1934.