17 de junio de 2012

Aquel 15 de junio de 1977

La actualidad manda y una fecha tan importante para España, como es el aniversario de las primeras elecciones democráticas, es fagocitada por la celebración, en un espacio de pocas semanas, de unas nuevas elecciones de una Grecia sumida en lo más profundo de la crisis, la celebración de elecciones legislativas en una Francia que, capitaneada por el recién elegido Presidente de la República, pretende ser la salvadora de Europa sin entender que se trata de una tarea común y no de las ideas iluminadas de unos pocos; y la celebración de la cumbre del G-20 en México. Todo ello en puertas de la celebración de una Cumbre Europea trascendental para el futuro de la Unión.

De aquellas fechas, con tan sólo seis años de edad, sólo guardo recuerdos de imágenes de un televisor el blanco y negro, que era la única ventana que los hogares españoles teníamos para seguir aquellos días históricos de nuestra democracia.

Meses antes de aquellas primera elecciones democráticas, la imagen que recuerdo es la del Presidente Suárez que, tras el recuento de votos en la sesión de las Cortes, se dejaba caer unos segundos sobre su escaño con los ojos cerrados, con el alivio de haber logrado la aprobación de la Ley para la Reforma Política; para segundos después levantarse y aplaudir a los señores procuradores y consejeros que minutos antes, con su voto, había firmado el finiquito de las Leyes Fundamentales del Reino, paso previo a poder promulgar la Constitución democrática de 1978. 

Aquel paso de orilla a orilla -como escribió años más tarde Alfonso Osorio- trajo la aceptación, con aciertos y con errores, de de toda nuestra historia común. Como tiempo después diría el Presidente Suárez "había que tener el valor de no buscar culpables de nuestros errores y nuestras radicalizaciones y no volver a caer en una interpretación maniquea de nuestro pasado reciente".

De aquel miércoles 15 de junio de 1977, sin embargo, la imagen que guardo no me la dio el televisor. Mi padre se fue temprano de casa. Ejercía aquel día de presidente de una mesa electoral. Una llamada le hizo volver con urgencia a media mañana. Mi abuelo había sufrido una trombosis (hoy se le llama ictus) y desde aquel día quedó postrado en una silla el resto de su vida. 

De aquel hombre bueno, Nicolás Torres, mi abuelo, postrado en su silla, aprendí mucho los años siguientes. Aprendí de la visita que semanalmente su hermano Juan, Teniente del Ejercito Republicano, le hizo todas y cada una de las semanas de los quince años siguientes de su vida. Aquello me enseñó que la reconciliación de las dos "españas" no sólo era posible, sino que ya se había producido mucho antes de aquellos intensos meses que nos abrieron la puerta a la democracia, y que precisaron de unos políticos, de izquierda y derecha, que tuvieron la capacidad y la altura de miras suficientes para meter en vereda a los que, de uno y otro lado, pretendían seguir viviendo en los horrores del pasado, abriendo nuevas heridas que entorpecían nuestro camino hacia el futuro.