7 de abril de 2016

Reforma electoral: sí, con la que está cayendo

De puras conveniencias tácticas, la Gran Revolución hizo axiomas. Ya es hora de devolver el sentido común a los principios originales de la democracia.
Antonio García-Trevijano

En su Teoría general del negocio jurídico, el jurista italiano Emilio Betti explica el concepto de representación, cuya plenitud se alcanza con la conjunción de tres elementos: la relación interna entre poderdante y apoderado, el carácter imperativo del mandato y la publicidad de ese mandato-representación. Trasladados al ámbito de la representación política, este trío indisoluble debe completarse con otros tres requisitos para que pueda calificarse como representativo un sistema electoral en un escenario de democracia formal plena: la libertad de elegir (sufragio activo), la libertad de ser elegido (sufragio pasivo) y la ausencia de fraude en el proceso electoral.
Desde ese enfoque, nuestro vigente sistema electoral proporcional no es representativo. El votante no está representado, el ciudadano tampoco. Vota a uno de los partidos, para que de las urnas salga la cuota que le debe corresponder en el poder ejecutivo, en el legislativo, en el judicial y en los consejos de administración de las empresas públicas. Esta evidencia se pone de manifiesto con la simple descripción de la realidad española de los últimos treinta años, y permite comprobar sus devastadoras consecuencias. Un día cualquiera en el Congreso de los Diputados, o en cualquiera de las asambleas autonómicas, un observador encontrará decenas de parlamentarios dando ruidosamente su apoyo al Presidente. Y sin embargo, por definición de lo que se entiende por política normal, nada de esto sucede. La mayoría de la población presta una atención escasa a los debates parlamentarios; en el mejor de los casos, las políticas de los gobiernos pueden tener el apoyo blando de una mayoría de la ciudadanía privada. Esto no significa que la oposición lo haga mucho mejor. De hecho, la idea misma de que la opinión pública está claramente dividida entre una opinión mayoritaria y un punto de vista minoritario unificado es una pura invención.
En suma, nuestro sistema parlamentario trata de ignorar el argumento dualista fundamental sobre la política normal: el propio Pueblo se ha retirado de la vida pública. En lugar de subrayar la forma problemática en que los políticos representan normalmente a la ciudadanía predomiantemente privada, nuestro sistema parlamentario permite que el partido gobernante proyecte una imagen de compromiso nacional movilizado que, en realidad, no existe. El enfático y repetitivo espectáculo de pastoreo y manifestación de rebaño que cada día vivimos en los parlamentos, nacional y autonómicos, contrasta extrañamente con la apatía de la ciudadanía y la convicción fraccional imperante.

18 de febrero de 2016

El problema no es el acero chino, el problema es nuestra regulación

“Cada regulación es una restricción de la libertad; cada regulación tiene un costo”.
Margaret Thatcher


Como ya he escrito en otras ocasiones, la competencia se ha convertido en un anatema impronunciable en una Asturias donde, los socialistas de todos los partidos, fían los avances civilizatorios del Estado del bienestar al viejo binomio votos cautivos/paz política -tan propio de las burocracias estatales- en lugar de al coste/beneficio enfocado desde el aspecto económico y social e inspirado en la lógica implacable del mercado. Cada vez que en nuestra región se produce algún atisbo de que esa lógica implacable del mercado cumple su función depurativa sobre las ineficiencias del funcionamiento del tejido productivo que debe sostener nuestra economía regional, queda claramente a la vista la orfandad en la que se encuentran los principios de menos Estado, más mercado, menos gasto y menos impuestos. En definitiva, queda en evidencia que el contenido de nuestros bolsillo, fruto de nuestro ahorro y nuestro trabajo, carece de defensa y se supedita a una falsa defensa del interés general.

21 de diciembre de 2015

Ganar perdiendo y viceversa

“La política no es un escenario para mentir a la gente con datos falsos, hay que reconocer los problemas para que juntos encontremos la mejor solución”. 
Mauricio Macri


Doscientos años antes de Cristo, un rey de Macedonia abonaba su leyenda venciendo en un par de ocasiones a una ya expansiva y arrolladora República Romana. Sin duda una heroicidad merecedora de entrar en los anales de la Historia. Sin embargo, Pirro de Epiro, que así se llamaba el monarca, será recordado para siempre como el tipo que ganaba perdiendo y viceversa. Los daños de la batalla, a pesar de salir victorioso sobre el papel, le condenaban a una derrota a largo plazo.
La izquierda ha vuelto a vencer en Asturias. Su división no ha evitado que su suma, de votos y de escaños, siga siendo la fuerza política e ideológica prevalente en nuestra región. La misma suma que, cuando toca ocupar alcaldías y presidencias de Comunidades Autónomas, siempre se produce. Por ello, hablar de “victoria” frente a esa evidencia, por el hecho de haber logrado más votos y escaños que los sumandos de la izquierda por separado, es ponerse en la misma tesitura que Pirro: venciendo pero perdiendo. 

1 de diciembre de 2015

Federalismo competitivo y sociedad del bienestar

La economía española vuelve a crecer, pero eso no está sirviendo para disolver nuestra crisis institucional. Muy al contrario, el incipiente crecimiento económico -sólo superado en Europa por una Irlanda que cerrará el año con un crecimiento del 6% de su PIB- parece estar sirviendo de excusa para entonar un “sostenella y no enmendalla”. En este año electoral, que culminará el próximo 20 de diciembre con las elecciones generales, es más necesario que nunca defender el pacto constitucional, atacado tanto por el populismo como por el nacionalismo independentista. Pero hay que ser conscientes que las soluciones no pasan por el inmovilismo.


Ante la evidencia de que ese pacto constitucional es ley muerta para una gran mayoría, la voluntad de derribarlo por populistas e independentista es una invitación a recrear la vida que lo hizo posible, un acicate para escuchar y avanzar en la configuración de un Estado no ensimismado, más abierto, poroso, reducido y volcado en el desarrollo de la libertad individual de los ciudadanos. Revivir la experiencia que hizo posible el pacto constitucional, exige avanzar en nuevas formas de participación política, para hacer esta más libre y abierta, como elemento coadyuvante para transitar del Estado del Bienestar a la sociedad del Bienestar.

La crisis nos ha enseñado que es necesario cambiar de modelo, que los artificiosos niveles de ingresos públicos -con los que parecía que el bienestar alcanzado era sostenible- no volverán a menos que se aumente el ya de por sí elevado esfuerzo fiscal que soportamos, o sigamos incrementando el desmesurado endeudamiento público que va camino de ser heredado por nuestros nietos. Pensar y sostener que la recuperación económica logrará revertir esa realidad, es hacerse las trampas al solitario propias de quien sólo piensa en las próximas elecciones.

El primer paso en ese camino es el de superar los viejos discurso de oposición dialéctica entre Estado y mercado que sostiene que una élite de funcionarios -o de políticos tecnócratas- puede dirigir la economía mejor que la infinidad de agentes particulares, justificando su preeminencia en la descoordinación de esos agentes que lleva a un interminable sucesión de auges y depresiones.

la realidad es justamente la contraria. Porque de igual modo que la multiplicidad de empresas permite a los consumidores elegir a diario aquellos artículos que mejor se adaptan a sus deseos y recursos, el fraccionamiento del Estado en diferentes jurisdicciones alimenta una saludable competencia. Como explica Lorenzo Bernaldo de Quirós en su reciente libro “Por una derecha liberal”, la oferta y demanda de bienes -de servicios públicos- evidencia la escasa o nula capacidad de un organismo centralizado para acumular toda la información para realizar la asignación eficiente de los recursos y satisfacer la demanda de los individuos. En cambio, la distribución de competencias entre las diversas esferas de gobierno (central, autonómico y local) se produce a través de una relación de intercambio entre las economías de escala y la diversidad de las preferencias, combinando la diversidad con la prestación monopolística de una serie de servicios públicos que reducen los costes de transacción, y haciendo posible para el resto procesos de cooperación voluntaria a través del mercado.

Ello explica por qué un Estado federal está compuesto por unos pocos niveles de gobierno con múltiples funciones asignadas a cada una de ellas. Esta competencia entre las distintas esferas de gobierno además de proteger la libertad de los individuos y promover la eficiencia, impulsa la convergencia de los niveles de renta –sin necesidad de la acción intervencionista del gobierno central- y restringe la expansión del sector público, salvo que el marco institucional fomente la aparición de “buscadores de renta”, o incentive la competencia de los gobiernos locales y regionales para realizar esta lucrativa actividad.

Lamentablemente, nuestro decadente Estado del Bienestar se ha construido al calor de ese marco institucional favorecedor de los “buscadores de rentas”. Nuestros sistema autonómico fue pensado en su origen como un sistema federal que no se planteaba como un mero proceso de transferencias, sino que hacía preciso asumir el hecho autonómico en toda su integridad, y culminar un proceso que entraña la división horizontal del poder político en sí mismo. Pero el sesgo ideológico y, sobre todo, un cierto grado de pusilanimidad frente a los nacionalismo vasco y catalán -por puro interés electoralista- desembocó en que a partir del año 1996, tras culminar el reparto competencial, comenzase una carrera de aprobación de estatutos de autonomía de nueva generación que dejó configurado una estructura confederal de tipo helvético que evaporó cualquier posibilidad de que la corresponsabilidad y la coordinación entre las administraciones estatal y autonómica, que caracteriza una estructura federal, fuese una realidad más allá de la coincidencia del color político de los gobiernos en ambos niveles. Y a veces ni eso. En lugar de ello, se instauró la ceremonia de las lamentaciones, de la exaltación de los agravios comparativos, de la defensa de un imaginado “derecho al déficit” y del victimismo como herramienta política de rentabilidad electoral, en el que hoy estamos instalados, con los nefastos resultados para nuestros bolsillos, en forma de deuda galopante y despilfarro.


1 de noviembre de 2015

Democracia electoralista


“El totalitarismo es la subordinación de la vida entera de cada individuo, de su trabajo, de su ocio, a las órdenes de quienes ocupan el poder”.
Ludwig von Mises

La confiabilidad en el sistema democrático se perdió hace muchos años. Quienes aún no han entendido que han sido sus métodos políticos los que fueron erosionando -y siguen haciéndolo- la confianza del ciudadano en él, siguen sin entender que la regeneración no consiste en seguir repartiéndose puestos y prebendas, en escenificar abrazos de Vergara entre quienes han llevado al abismo al centro-derecha en Asturias en dos ocasiones, haciendo una aplicación torticera y falsa de la parábola del hijo pródigo -¡por favor dejen las interpretaciones de las palabras de Jesucristo en el ámbito de las cuestiones de fe!-, y apelando al “pasar página” para no tener que responder por ninguno de sus actos, ni pasados ni futuros.